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Historia
Hombre de pensamientos que
desde temprano guió a sus compañeros en la lucha por la justicia social
y una nueva cultura.
Orrego, El Maestro Del Apra
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Por Cesar Levano
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Antenor Orrego
aparece, en la página de enfrente, en plena madurez. Era ya un
hombre cargado de libros, luchas y prisiones. Al lado, Haya de la
Torre ante multitudes lanzadas a la política tras las huellas del
Grupo Norte guiado por Orrego. |
La
novelesca vida de Antenor Orrego, el filósofo del aprismo auroral,
encierra lecciones de lucidez y limpieza moral. A los 22 años ya era
considerado un maestro por jóvenes como César Vallejo, Víctor Raúl Haya
de la Torre y Alcides Spelucín. Mas tarde, orientó a otros jóvenes:
Manuel Arévalo, sobrecogedor ejemplo de obrero elevado a intelectual y
político, asesinado antes de cumplir los 34 años de edad, y Ciro Alegría,
el futuro autor de El mundo es ancho y ajeno. Fervorosamente admirado
por el pueblo de Trujillo, fue perseguido con saña por oligarcas y
dictadores. Entre él y Arévalo echaron los cimientos de lo que más tarde
se conocería como el “Sólido Norte” aprista. Solo dos veces, en breves
viajes, salió del Perú, a Buenos Aires y Ciudad de México. Su herencia
intelectual consta en cinco volúmenes de sus escritos. Herencia
dineraria no dejó.
1914.
Año del inicio de la Gran Matanza en Europa. A fines de ese año, Antenor
Orrego, natural de Chota, Cajamarca, de 22 años de edad, recibe en el
diario La Reforma de Trujillo a César Vallejo, también de 22 años,
llegado de la sierra liberteña. Vallejo, poeta novel, le entrega un fajo
de cuarenta poemas y le pide que los juzgue.
Los ha
presentado Víctor Raúl Haya de la Torre, compañero de estudios en la
Universidad Nacional de Trujillo, el cual es menor que ellos: tiene 19
años.
Es
como si la mano ciega del destino hubiera desatado ese día un nudo en el
quipu de la historia política y cultural del Perú.
Mientras en Europa mueren cientos de miles de jóvenes en los primeros
meses de la Gran Carnicería, los muchachos de Trujillo se estremecen.
“El mocerío estudiantil”, escribiría Orrego en su ensayo ‘Mi encuentro
con César Vallejo’, “sintió en su estremecimiento que algo empezaba y
acababa en el mundo”.
Orrego
leyó los versos del bardo novato, y halló huellas de los poetas del
siglo de oro español y de Rubén Darío, Leopoldo Lugones, Julio Herrera y
Reissig.
A
fines de ese año, Vallejo volvió para conocer la opinión de su coetáneo
y maestro. Dijo éste:
“–César, he visto a través de tus versos, barrenando,
diré, las paredes literales de tus palabras escritas, la posibilidad de
un poeta extraordinario; pero a condición de que te esfuerces por
alcanzar la fuente más auténtica de tu espíritu… Olvídate de estos
versos y ponte a escribir otros durante los meses de vacaciones,
concentrándote resueltamente en ti mismo.
Debes
tener la seguridad de que posees algo que nadie ha traído hasta ahora a
la expresión poética de América”.
Para
demostrar su admiración, Orrego entresacó el poema “Aldeana” y lo
publicó en La Reforma. De allí lo reproducirían El Guante de Guayaquil y
El Liberal de Bogotá.
La
intuición de Orrego había insuflado aliento al genio todavía agazapado
de Vallejo. Orrego era ya un maestro, un maestro
tan joven como sus discípulos. Un maestro, además, de rebeldía. Quizás
latían en su cerebro los genes de su padre, José Asunción Orrego Asenjo,
descendiente de vascos. Su madre era Victoria Espinoza Villanueva.
Antenor había nacido en Montán, la hacienda familiar, en Chota. Cuando
él tenía diez años de edad, toda la familia se trasladó a Trujillo.
En
1917, a los 25 años de edad, fue elegido presidente de la Federación de
Estudiantes de la Universidad Nacional de la Libertad. En 1914, cuando
conoce a Vallejo, era jefe de redacción del diario La Reforma. Ya
entonces, en la ciudad norteña, destaca como un intelectual libre, ajeno
a la oligarquía azucarera que domina la región. En el mismo año de 1917,
dirige el periódico Libertad.
1918
es el año en que se imprime el primer libro de Vallejo, Los Heraldos
Negros, que saldrá a luz al año siguiente. En ese año, Orrego
emprende en La Reforma una vigorosa campaña a favor de los trabajadores
del valle de Chicama. Lo recuerda Eugenio Chang Rodríguez en Orrego.
Modernidad y cultura americanas, (Fondo Editorial del Congreso del
Perú, 2004).
La
marea de la historia va, entretanto, subiendo de nivel. En el Perú se
levantan las banderas de la jornada de ocho horas y de la reforma
universitaria. En 1921, en Trujillo, La Reforma, dirigida ahora por
Orrego, arrecia su lucha contra los barones del azúcar, los cuales
exigen la clausura del vespertino y la prisión de su director. Se hace
lo que se manda: Orrego sufre la primera de las siete prisiones que
premiaron su inteligencia, su valentía y su honradez.
Al año
siguiente, 1922, escribe las Palabras Prologales para Trilce, que
constituyen una prueba de acierto y lucidez, en un ambiente aldeano, de
Lima y provincias, donde el poeta Vallejo es ametrallado por la
carcajada o sepultado por el silencio. Lo reconoció el poeta en una
carta a Orrego, que José Carlos Mariátegui, gran amigo de Vallejo y de
Orrego, fue el primero en reproducir parcialmente:
“Las palabras de tu prólogo han sido las únicas palabras
comprensivas, penetrantes y generosas que han acunado a Trilce.
Con ellas basta y sobra…”, le escribió el poeta.
La Bohemia del Norte
En ese tiempo, ya se había constituido el grupo que más tarde sería
conocido como el Grupo Norte. El guía fue Orrego. Lo conformaban, parece
cuento, José Eulogio Garrido, Víctor Raúl Haya de la Torre, César
Vallejo, Alcides Spelucín, el pintor Macedonio de la Torre, el músico
Carlos Valderrama, Juan Espejo Asturrizaga, Carlos Manuel Cox y el
juvencísimo Ciro Alegría, nacido en 1909.
De esa
muchachada, gran parte de la cual iba a ser núcleo fundador del Apra,
escribe Orrego:
“Otro
día, el ágape fraterno solíase consumar, a base de cabrito y chicha,
ante el sedante paisaje de Mansiche y en la humilde morada de algún
indio. Frescas mozas de ojos ingenuos y de formas elásticas
presentábannos las criollas viandas. Se llamaban Huamanchumo, Piminchumo,
Anhuamán, Ñique. Servidos éramos por auténticas princesas de la más
clara y legítima estirpe chimú, descendientes directas de los poderosos
y magníficos curacas de Chanchán”. (Obras Completas, Tomo III, Instituto
Cambio y Desarrollo, Lima, 1995).
El 26
de noviembre de 1959, en carta a Orrego, Haya de la Torre evocaría esos
días: “Algo que importa remarcar es que nuestro grupo estuvo siempre en
contacto cono el pueblo; que a Vallejo lo incomprendían ‘los de arriba’
pero lo sentían los de abajo. La vinculación entre nosotros y los
trabajadores, entre nosotros y el Trujillo y sus valles populares es un
hecho que nos separa de las elites o capillas ajenas a las palpitaciones
de los más humildes. No fuimos nunca altaneros ‘incomprendidos’
encerrados en torre de marfil’.
Tal es
el humus removido por Orrego, a la cabeza de esa falange juvenil. Como
si no le bastara esa descollante primera promoción, Orrego cultivó
enseguida a un discípulo excepcional, Manuel Arévalo.
El Duo Orrego/Arévalo
Manuel Arévalo era un muchacho nacido en el pueblo campesino de Santiago
de Cao, el 15 de octubre de 1903. Debido a la pobreza familiar sólo
estudió hasta segundo año de instrucción primaria. A los diez años, en
1913 y 1914, aparece trabajando en las haciendas de Chiquitoy y Nepén.
Al contacto con el pensamiento de González Prada y los obreros
anarquistas de la época, que tenían en el negro Julio Reynaga su
exponente trujillano, se hizo luchador sindical.
Fue
pronto reconocido y querido como dirigente por sus hermanos de clase en
las haciendas Cartavio y Roma, donde trabajó.
En
1919, se abren para Arévalo, ya oficial de mecánica, las puertas de
Casagrande. Allí se inicia como propagandista, con hojas que él mismo
imprime y en las que se habla de la revolución rusa y de la conquista de
la jornada de ocho horas alcanzada en Lima y Callao por el paro general
de enero de 1919.
Un día
de 1928, Antenor Orrego se presentó como expositor en el Ateneo Popular
de Trujillo. Al final de su disertación, intervino Arévalo, quien
impresionó al maestro. De allí nació una amistad que sólo iba a
interrumpir la muerte de Arévalo, el mártir, el 15 de febrero de 1937.
Vinieron después tiempos de militancia aprista y de lucha clandestina.
Los dos amigos trabajaban intensamente creando el fervor, la
organización y la fuerza del Apra en el Norte. Ambos pusieron cimientos
al “Sólido Norte”. Una noche, desde el techo de un escondite de Orrego,
balearon su cama. Orrego ya había huido. Un traidor delató el refugio de
Arévalo. Lo torturaron –existen testimonios– y lo asesinaron camino a
Lima. Quisieron que delatara los refugios de Orrego en Trujillo y de
Haya en Lima.
Había
sido miembro de la Asamblea Constituyente de Lima, se había convertido
en intelectual proletario, en periodista de tempestad y ataque. Tanto,
que en la época de la gran clandestinidad, Haya de la Torre dijo que si
él (Haya) era asesinado, Arévalo debía asumir la secretaría general del
Apra. Lo atestiguó Nicanor Mujica.
Cuando
Arévalo murió, había terminado de mecanografiar Pueblo-Continente, esa
gran reflexión sobre y para la unidad latinoamericana, escrita por
Orrego en la prisión.
Escribió Orrego al recordar a su gran discípulo:
“Causa
pasmo, si no fuera indicio de una América nueva que está naciendo, el
surgimiento de esta flor exquisita en las entrañas mismas del pueblo”.
Conocí
a Orrego en el Panóptico de Lima, donde también yo estaba preso. El y
otros dirigentes apristas permanecían encerrados en la Rotonda del penal
(en el centro había una torre de vigilancia que abarcaba, en una sola
óptica, panópticamente, los convergentes pabellones y el círculo de
celdas de la Rotonda). Orrego me asombró por su serenidad y su sencillez.
Fue la
séptima y más larga prisión de Orrego, que, producido el golpe de Manuel
Arturo Odría e ilegalizada el Apra, pasó a formar parte del Comité
Nacional de Acción del aprismo. Después del asesinato de Luis Negreiros,
cayó preso Orrego, en 1952. Salió en libertad en 1956. Se produjo
entonces la era de la convivencia apropradista, que no le satisfizo. En
La Tribuna del 8 de mayo de 1959 escribió: “El Perú es una democracia de
simple declaración de buenos principios, pero, en realidad, es un
régimen que ha quedado congelado en un clima predemocrático…”
En esa
época criticó también el panamericanismo.
El
domingo último, acogido por las hijas de don Antenor, Alicia y Liliana,
la primera me dijo: “nuestro padre nos dejó en la pobreza”. Lo mismo me
había dicho, hace veinte años, el hijo mayor de Arévalo.
Causa
pasmo que en el Perú hayan existido hombres como esos que, más allá de
banderías, fueron ejemplo de lucidez intelectual y limpieza moral, al
servicio de intereses populares. ¿Pobreza? ¿Cuál pobreza? Otros son los
pobres, los pobres diablos.
Cortesia de Revista
Caretas No. 1861 del 17 de febrero del 2005
«A
r r i b a» |